Tabas

Todo el mundo ha sido niños (aunque parezca mentira en algunos) y todo el mundo ha jugado alguna vez. Nuestros abuelos también fueron peques, eso lo sabemos, pero… ¿cómo se las arreglaban sin ordenadores, consolas o las cartas de personajes? Hemos preguntado a nuestros yayos y nos han hablado de algunos de sus juegos preferidos.

Aro: el principal elemento de este juego era un aro de metal al que se le hacía girar con ayuda de una vara también de metal. El ganador del juego era aquel que más tiempo lograse mantener el aro girando o el que completara un circuito. No hace falta decir que había que tener mucha pericia.
Canicas: hoy muchos mayores coleccionan estas esferas de cristal, madera o metal. Pero ¿cómo se jugaba con ellas? Tenía su complicación: se hacía un agujero en el suelo y se trataba de colar una canica en él. El primero que lo hacía comenzaba la partida que, básicamente consistía en golpear las canicas contrarias hasta colarlas en el agujero. ¡Ah! si lograbas colar una canica de otro jugador, esta pasaba automáticamente a ser tuya.
Peonza: la peonza es un juguete de madera con forma de pera invertida y una punta de hierro. Se podía jugar de diferentes maneras como haciendo que bailaran más tiempo que el de los contrarios o derribando las peonzas contrarias. Hacer bailar bien una de estas era todo un arte.
Recortables: hubo una época en la que sólo las niñas con padres que tenían mucho dinero podían permitirse tener muñecas. Las muñecas recortables eran sus sustitutas más baratas. Estaban dibujadas con sus ropas en un papel o cartulina que las niñas recortaban. No duraban mucho tiempo, pero eran muy bonitas.
Tabas: un juego en el que se usaban ¡huesos! En concreto de la rodilla de un carnero (que podían conseguirse en cualquier carnicería y podéis ver la foto de este artículo). Era un juego muy parecido a los dados pues el jugador tenía que lanzar varias de ellas y, según la posición en la que cayera en el suelo o en el tablero, se obtenía más o menos puntuación.

Estos son unos pocos ejemplos, claro. Os recomendamos que, si queréis saber más, preguntéis a vuestros abuelos. Además de contaros muchas historias también os darán muchas ideas para pasar una tarde de verano.

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