Miedo a la oscuridad

Es uno de los miedos más conocidos y ese por el que todos hemos pasado. Es tan terrorífico que la mayoría de las películas de terror se basan en él. Se trata del miedo a la oscuridad.

Es muy frecuente en los niños de entre cuatro y seis años. A esa edad la imaginación es desbordante y la oscuridad se llena de fantasmas y monstruos. ¿Por qué desarrollamos esta inquietud? Se piensa que es una magnificación del terror al abandono incrementada por la falta de referentes visuales: estamos solos, desorientados e indefensos. Cualquier terrible amenaza podría cernirse sobre nosotros y tener éxito.

Dado lo común de este medio se apuntan varias soluciones. A la que más se recurre es a enseñarle que no tiene nada que temer y que los padres siempre estarán al otro lado que la puerta, que en ningún momento se le deja solo. Es fundamental también que se asocie la oscuridad a la tranquilidad y el descanso. Para lograrlo se han revelado muy efectivos detalles como por ejemplo dejar que el niño escoja su pijama o el típico cuento para antes de dormir leído en penumbra.

Otros métodos eficaces son llevarle a la cama con un peluche, colocar pequeñas luces en los enchufes o dejar la puerta entreabierta para que pueda oír a los padres o adultos al otro lado.

Lo que muchos especialistas curiosamente desaconsejan es el mostrar que no hay monstruos en el armario o bajo la cama pues para el niño eso equivaldría a admitir que alguien podría meterse ahí.

Como ya hemos dicho se trata de un miedo bastante normal y fácil de combatir, afortunadamente. Sin embargo hay ocasiones en los que ningún remedio “casero” funciona. Sólo entonces, si vemos que ningún método funciona para solucionar ese miedo, habría que pensar en un especialista. La mayoría de las veces basta con la compresión y el apoyo de los padres.

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